Cómo gestionar las emociones

¿Alguna vez te has dejado llevar por una emoción y después te has descubierto pensando “Mierd…, no tenía que haber hecho eso”?

Alegría, miedo, rabia, tristeza… son palabras que todos conocemos e identificamos fácilmente como emociones. Sin embargo, no siempre sabemos qué hacer con ellas cuando aparecen. Es más… a veces no nos damos ni cuenta de que aparecen… ¡y ya la hemos liado!

Para que esto no vuelva a ocurrirte, vamos a ver algunos aspectos generales y cómo gestionarlas.

¿Qué son las emociones?

La palabra emoción viene del latín “movere”, que significa “moverse”, más el prefijo “e-“ que denota dirección. Por lo tanto, emoción significa “moverse hacia”, es decir, la emoción es algo que nos impulsa a la acción.

Ese algo es una sensación que se siente en el cuerpo y un pensamiento que se genera antes o después de la propia emoción. En función de cómo sean esa sensación y ese pensamiento, tendemos a valorar la emoción como positiva, en el caso de la alegría, la euforia, la satisfacción…, o negativa, como en el caso de la rabia, la ira, el miedo, etc.

Lo siguiente que viene es la acción y

nuestro comportamiento se verá afectado por la intensidad de la sensación, la calidad del pensamiento y la valoración que hayamos hecho de la emoción.

¿Para qué sirven las emociones?

Más allá de estas sensaciones agradables o desagradables, las emociones nos traen una información: nos avisan de lo que nos está pasando en cada momento y, desde este punto de vista, las emociones no son buenas, ni malas. Simplemente,

son una señal que me informa de algo que me está ocurriendo a mí ahora.

En la medida en la que yo sea capaz de identificar, permitir y gestionar esa emoción mi forma de actuar será más consciente, coherente con lo que yo quiero, sana para mí y para mi entorno, efectiva, enriquecedora, etc.

Por el contrario, si yo me escapo de las emociones, sobre todo de las que no me gustan, y no me permito verlas, sentirlas ni gestionarlas, mi acción será torpe, incompleta y poco constructiva e incluso dañina, tanto para mí, como para mi entorno.

Gestionar las emociones me permite actuar de forma sana, consciente y efectiva.

Clasificación de las emociones

En principio, hay una serie de emociones básicas o primarias y el resto son emociones secundarias o derivadas de esas primarias.

Sin embargo, a día de hoy no hay un consenso unánime sobre cuáles son todas las emociones primarias.

Las emociones básicas aceptadas por la mayoría de los autores son:

alegría, tristeza, miedo y rabia

A partir de ahí, hay autores, como Daniel Goleman, referente mundial en el estudio de las emociones, que incluye también el asco. Paul Ekman, otro pionero y referente indiscutible,  consideraba primarias, además de las cuatro comúnmente aceptadas, el asco y la sorpresa y, posteriormente, incluso amplió la lista.

En cuanto a las emociones derivadas, a modo de ejemplo, podemos hablar de las siguientes:

  • Alegría: felicidad, gozo, tranquilidad, diversión, satisfacción, euforia, etc.
  • Tristeza: pena, melancolía, soledad, pesimismo, desesperación, depresión, etc.
  • Miedo: ansiedad, preocupación, inquietud, desasosiego, incertidumbre, angustia, etc.
  • Rabia: ira, resentimiento, cólera, irritabilidad, indignación, acritud, odio, violencia, etc.

Hay muchas emociones derivadas que simplemente reflejan distintos grados de la emoción primaria. Por ejemplo, la rabia y la cólera son distintos grados de la ira; igual que el gozo y la euforia, son distintos grados de alegría.

Aspectos fundamentales de las emociones

Te lo cuento a modo de check list:

Las emociones no son buenas ni malas, son mensajeros que traen una información.

Todas las emociones tienen una utilidad o intención positiva: encontrarla nos ayuda a comprender, transitar y gestionar la emoción.

Las emociones se presentan por pares. Generalmente hay una muy evidente que tenemos reconocida y detrás de ella hay otra que a veces tratamos de ocultar.

Todas las emociones se pueden experimentar en diferentes grados de intensidad.

En toda emoción experimentamos un nivel emocional, un nivel corporal y un nivel cognitivo:

  • Emocional: es la emoción en sí, la identificación de la emoción.
  • Corporal: es la sensación física que se siente en el cuerpo.
  • Cognitivo: son los pensamientos y lo que me digo cuando aparece la emoción.

En función de esos tres niveles,  toda emoción puede originar un comportamiento sano o un comportamiento neurótico.

Las emociones no son estados fijos, sino que son transitorias. No podemos estar permanentemente en una única emoción, aunque a veces hay una muy predominante.

Las emociones se pueden negar, reprimir o expresar y gestionar. La diferencia entre reprimir y negar es que si está reprimida, sabemos que está, aunque tratamos de ocultarla. Si la negamos es que ni siquiera nos damos cuenta de que la emoción está… aunque, probablemente, el único que no la vea seas tú mismo…

Intención positiva

Vamos a ver de un modo muy básico y resumido la intención positiva de las emociones primarias:

La alegría: invita a compartir y crear vínculos. Es un gran motivador, está relacionada con la felicidad y el placer y nos sirve de recompensa cuando alcanzamos nuestros logros y metas.

El miedo: avisa de que hay una amenaza o peligro y no tenemos los recursos necesarios para gestionarla. Por lo tanto, el miedo nos avisa de que tenemos que ampliar nuestros recursos.

La rabia: me avisa de que las cosas no me están saliendo como yo quiero. Tiene que ver con la frustración y se produce cuando tenemos un deseo y surge un obstáculo para conseguirlo. Por lo tanto, la rabia nos mantiene en contacto con nuestros deseos.

La tristeza: avisa de que ha habido o va a haber una pérdida y nos permite identificar y despedirnos de aquello que perdemos.

Cómo gestionar las emociones

El primer paso para poder gestionar una emoción es reconocer que está… aunque no nos guste…  Si tenemos una emoción negada de la que no somos conscientes, bastará que prestemos un poco de atención a los mensajes que nos llegan del exterior: “¡qué triste estás siempre!”… “¡otra vez estás enfadado!”… “Llevas mucho tiempo diciendo que quieres hacer esto, pero no veo que hagas nada”…

Evidentemente, no se trata de creerte lo primero que te cuentan, pero si te llegan este tipo de mensajes a menudo y de distintas personas, empieza a observar cuál es la emoción que te acompaña normalmente y que no te gusta ver…

Una vez reconocida, es necesario que te des permiso para sentir la emoción: dejarla que aparezca y permitirte estar en ella. Así que, cuando aparezca, toma una respiración profunda y dite a ti mism@: “está bien, ya te veo… eres la rabia… vale… a ver qué información me traes”…

Entonces se abre un proceso de investigación  en el que comienzas a observar qué ocurre: cómo se siente tu cuerpo, cuál es la expresión de tu cara, el tono de tu voz… qué pensamientos se generan en tu mente, qué te dices internamente… cómo actúas cuando estás viviendo esa emoción…

El solo hecho de permitirnos estar en una emoción y sentirla plenamente, ya va a hacer que aparezca la serenidad y la acción sea más controlada y consciente.

Después de esta investigación, además de haber sacado un montón de información sobre cómo te afecta y te impulsa a actuar, también te habrás familiarizado con sus sensaciones y su diálogo mental.

Ahora ya puedes elegir cómo quieres actuar la próxima vez que aparezca esa emoción. El resto será cuestión de entrenamiento y práctica. Al principio quizás te cueste un poco cambiar tu hábito de acción, pero a medida que lo entrenes, te resultará más sencillo.

En un trabajo más profundo, también puedes investigar de dónde viene esa emoción. Esto puedes hacerlo en la etapa de investigación o a medida que vas practicando.

Gestionar la emoción te dará un mayor conocimiento de ti mism@, te proporcionará comprensión y paz interior y te permitirá actuar como tú quieres.

Profundizar en la emoción intensificará y acelerará el proceso de gestión.

¡Buena práctica! 🙂

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